EL ROBO DE LA CRUZ DE CARAVACA EN 1934

El hecho más lamentable de toda la historia de la Cruz y de Caravaca fue el acaecido en la noche-madrugada del día 14 de febrero de 1934. Fue un robo sacrílego de carácter político-religioso que dejó consternada a la ciudad durante algunos años.

Era el miércoles de ceniza cuando, por la mañana, se descubrió el sagrario abierto y vacío sin la Reliquia, habiendo dejado los ladrones la caja-estuche del siglo XIV en donde se guardaba la Cruz. A las nueve de la mañana corrió la noticia y el pueblo al completo de alarmó, pues la tensión fue enorme.

Las diligencias y pesquisas judiciales y policiales no dieron resultado positivo. La ciudad perdió el pulso de su vitalidad, agravada la situación por la posterior guerra civil y que ya se manifestaba en algunas revueltas.

 Las implicaciones del tipo político y de alguna logia masónica nacional parecen claras. La Cruz es un símbolo de gran “garra” para una mentalidad esotérica por sus relaciones orientales y templarias. Era un símbolo apetecido por grupos de doctrinas esotéricas que pensaban rescatar la Reliquia de las manos de la Iglesia a la que ellos pensaban usurpadora de este gran emblema ancestral y poderoso en su significado. El valor material del estuche-relicario no era lo más apetecido.

La primera impresión era la de un robo, pero nadie se la creyó porque la cuerda hallada era tan fina que no soportaría el peso de una persona, además de que el agujero que hicieron era demasiado pequeño para pasar por él. Además, solamente desapareció la cruz, no se llevaron la arqueta de plata donde se guardaba.

Tomó fuerza la versión de que el robo lo habían cometido personas cercanas a la Cruz Caravaca. Las sospechas se centraron en el capellán que según parece era un estrafalario personaje sancionado por el Obispo por mantener ideas republicanas.

La situación se complicó cuando la muchedumbre apresó al capellán y estuvo a punto de lincharlo. La Guardia Civil tuvo que intervenir, pistola en mano, para evitar lo peor. El capellán se mudó a la localidad de Águilas, de donde era natural, y allí murió dos años más tarde en 1936; así que se llevó a la tumba lo que supiera del robo..

La repercusión mediática sobre el robo de la Cruz Caravaca fue tremenda a nivel nacional.

Se enviaron especialistas en huellas dactilares y el Ministerio de Justicia nombró un juez especial para el caso. Para alimentar más la polémica, siguieron ocurriendo situaciones extrañas: el sumario judicial se paralizó sin motivo y se prometieron veinte mil pesetas a quien entregase la reliquia o diera una pista fiable. Las veinte mil pesetas se dieron, no se sabe a quién y la Cruz de Caravaca no apareció.

Un abogado anuncia que está a punto de descubrir quien ha sido el autor del robo, y es tiroteado por el hermano del alcalde de la ciudad en plena calle y a plena luz del día. El asesino nunca confesó porqué había matado al abogado. No se conocen los interrogatorios, o mejor dicho: no se han encontrado hasta la fecha. Estas situaciones avivaron las llamas de lo paranormal.

En medio de la desilusión popular, el caso del robo de la Santa Cruz de Caravaca se cerró judicialmente el 12 de mayo de ese mismo año. Llegó y pasó la Guerra Civil y no es hasta el 27 de abril de 1939, cuando se retoma el caso. Sus conclusiones del juez franquista son increíbles: la Cruz Caravaca fue robada por un grupo de personas conocidas en Caravaca entre ellas el capellán del Santuario. La cuerda, el butrón, las herramientas que se encontraron…,  todo habría sido un engaño. La reliquia pasó por Murcia y Madrid donde una logia masónica la destruyó, bien en España o en México.

Algunos piensan que fue una maniobra política para proteger o destruir la reliquia.

No hay que olvidar que en el año 1934 la situación de crispación en España era total. Estamos en los inicios de lo que sería la Guerra Civil y la persecución religiosa es patente: la destrucción y saqueo del patrimonio eclesial estaban a la orden del día.

La reliquia desapareció y desde Caravaca y la Diócesis de Cartagena empezaron las súplicas al Vaticano para que enviase al Santuario un trocito de Lignum Crucis, que supliera e hiciera olvidar la tragedia del robo.

En 1940 el Papa Pío XII accedió a enviar una astilla de la Cruz Santa a Caravaca. Otra teoría apunta a que fue el mismo Vaticano quién encargó el robo de la Cruz Caravaca para ponerla a salvo de los desastres de la guerra. Según se cuenta, la reliquia después de pasar por la Nunciatura Apostólica en Madrid, viajó hasta Roma y allí sigue, en el Vaticano, a buen recaudo.

Ya nadie habla de la reliquia original, es como si esa herida hubiera cicatrizado, volcándose en la nueva todo el fervor que sienten los seguidores de la Cruz de Caravaca.

Es curioso que la Vera Cruz Caravaca apareciera misteriosamente en la Edad Media y, de la misma manera misteriosa, desapareciera en los albores de la Guerra Civil.

El papa Juan Pablo II concedió el Jubileo perpetuo al santuario de la Vera Cruz de Caravaca en 1998, y éste se celebra cada siete años naturales. El primero fue en 2003 y el próximo será en 2024.

A diferencia de lo que sucede en otros lugares santos, la Iglesia no exige la llegada a Caravaca a pie para beneficiarse de la indulgencia plenaria. Sin embargo, el esfuerzo de la peregrinación no deja de ser un mérito añadido. Siete senderos penitenciales, debidamente señalizados, confluyen hoy en la ciudad desde distintos lugares del sudeste peninsular. El más popular es el conocido como Camino de Levante, que empieza en Orihuela (Alicante) y tiene 120 km de longitud. Se suele cubrir en cinco jornadas senderistas. El romero debe viajar con una credencial que sella en los sucesivos lugares de paso y que da testimonio de la gesta. Por desgracia, la ruta aún no cuenta con albergues a disposición de los peregrinos, quienes tienen que pernoctar en hoteles o al raso.